Ambulantes

3 12 2009

La pobreza es una anomalía, pero no hay de otra para personas con discapacidades
físicas, que aun así salen a trabajar y deben “luchar” contra fotógrafos
que andan al acecho en la calle Moneda.





Hospital de zapatos

1 12 2009

Calle Delicias

 





Y nadie hace nada en el callejón Vizcaínas

25 11 2009


Hace como 4 años solía caminar por el callejón de Vizcaínas, era un lugar muy bonito, pintoresco y llamaban la atención los murales e instalaciones que lucían al aire libre. Era parte de su encanto. Encontrar un lugar en el Centro Histórico que estuviera intervenido por un grupo de artistas, y que además era un espacio limpio. Incluso recuerdo que había un café en donde presentaban actividades culturales. En realidad para mí el callejón es muy especial porque ahí me enamoré.

Después no sé qué paso ni en qué momento se convirtió en un miadero y cochinero. Es una contradicción qué en otras calles del centro hubo una remodelación total  y que a este andador, que en algún momento fue una belleza, lo hayan convertido en un basurero. Seguramente ha de ser un semillero de ratas, de cuatro y dos patas.

Un vecino dice que en varias ocasiones ha ido a la delegación para que las autoridades hicieran algo, pero le contestan que no tienen injerencia porque ese callejón le pertenece a un Colegio que está a un lado. Pero también ha ido y no ha tenido suerte. Le dicen que es responsabilidad de la demarcación. Y otra vez todos se lavan las manos y se deslindan de sus obligaciones. Esperamos que alguien hago algo pronto por ese lugar. No estaría mal que los vecinos se organicen por un rescate.





Zapatos y más zapatos

12 11 2009

borcegui

Se localiza en el primer piso de la zapatería El Borcegui, en Bolívar  27, entre las calles Francisco I. Madero y 16 de Septiembre

En una ciudad, donde sus habitantes miran hacia los zapatos que a los ojos de las personas para determinar si se acercan o no a entablar una amistad,  resulta increíble que en el Centro Histórico el Museo del Zapato se encuentre paradójicamente alejado de la vista de todos. De entre los centros culturales y galerías que hay en la Delegación 17 éste es de los menos visitados y con menos difusión, pero no el menos interesante.

Hay de todo: calzado egipcio del siglo III a.c., huaraches de los pueblos mesoamericanos, de astronautas, los gigantes tenis de Shaquille O’Neal, las botas de El hijo de Santo, de futbolistas de los años 40 y 60, de esquimales, de ingleses elegantes del siglo XIX y botines de mujer que debían combinar el calzado con unos corsés demasiado apretados, claro, sin olvidar las rarezas orientales de féminas que deben deformar sus pies para ponerse unos diminutos zapatos. En la sección de los famosos están expuestos zapatillas de torero, botines de deportistas mexicanos que obtuvieron preseas en las Olimpiadas, como Fernando Platas y Gabriela Guevara, entre otros.

El acervo contiene 15 mil miniaturas y  2 mil de tamaño natural; en sus  vitrinas se cronemetra la arqueología y la memoria del paso -literalmente- del hombre. Se trata de un mapa que refleja  la evolución del hombre y su forma de aplicar el conocimiento. Este lugar nos retrocede en el tiempo, hasta la era de los faraones, que empleaban pedazos de piel de animal como suela y un listón de piel para sujetarlo. Tecnología de punta de esas épocas.

En  1865, un señor, del cual no quedan desgraciadamente registros de su nombre, abrió la zapatería El Borcegui en la calle Tiburcio [actualmente Uruguay]. Ese establecimiento impulsó nuevos modelos de publicidad en las primeras siete décadas de la nueva nación  independentista con su Para una gran ciudad, una gran zapatería ya que en todos los comercios les copiaron la fórmula y entonces podía verse en la misma calle:  Para una gran ciudad, una gran cantina. Situación demasiado risible.

Ean 1900 este local fue comprado por el español Lucas Lizaur Aznárez, quien a su vez se la heredó a su hijo, Lucas Lizaur

zz11 Pernaute, quien abandonó sus estudios de medicina para dedicarse de lleno al negocio del calzado, ya que en México hay un lema que dice: zapatero a tus zapatos. Desde entonces El Borcegui se convirtió en un sitio de referencia del  primer cuadro de la ciudad que tenía uno de los establecimientos más famosos de América Latina. En 1991 los dueños del establecimiento decidieron dedicar  un espacio para exponer todas las piezas que habían reunido en tantos años y desde entonces, silenciosa, permanece a la espera de que los visitantes se asombren con esta arqueología del paso del  tiempo y del  hombre.

Sofisticación, glamour, necesidad, moda, exhibicionismo, fetiche, objeto de deseo, lujo y tradición, son algunas referencias del uso del zapato en la historia del hombre.

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La historia de la niña que vestía de muñeca

11 11 2009

Venden sus productos en la esquina de Eje Central y Dr. Río de la Loza

Son las 12 del día y el calor funde la piel, el tránsito es tan lento y fastidioso que termina con la calma. Los toreros ambulantes ofertan sus productos, aunque los automovilistas ya saben la cantaleta, en eso tres personajes que parecen de un cuadro de Rembrant rompen con la escena urbana del día. Portan sombreros y ropa que ellos mismos han confeccionado.

Es una familia de menonitas que viene desde alguna comunidad aislada cerca de Zacatecas a vender sus quesos y galletas. Sus tradiciones han perdurado cientos de años y su sangre no se mezcla. Nunca habían salido de su aldea, pero Juan el padre de esa familia, desde hace un lustro ha probado suerte en la modernidad y ahora viaja con su esposa e hija para fortalecer su mercado. Ellas no hablan español, solo flamenco, sus ojos azules contrastan con lo gris del smog.

El semáforo se puso en verde, los autos comienzan a avanzar y en el retrovisor cada vez se aleja el holograma de un cuento perdido en la Ciudad Monstruo.





Las Duelistas, la pulcata “joven”

3 11 2009

Calle de Aranda 28, casi esquina Ayuntamiento, Centro Histórico

Al entrar el olor era penetrante tanto que aguanté un poco la respiración en lo que me acostumbraba, segundos después mi nariz ubicó el aroma fermentado a ajo. Cerca de la barra estaban sentados los pulqueros, esos señores que han integrado a su dieta desde hace años la bebida que en la época prehispánica era para reyes y dioses, y que ya sea diario o una vez a la semana sin falta pasan a Las Duelistas por un tarro de pulque acompañado con un taco de chicharrón con salsa de la casa.

Alejados de la barra, en pareja o en grupo estaban aquellos que apenas hace un par de años eran pubertos, jóvenes que han descubierto su gusto por los curados y ayudan a que el pulque no sea olvidado y enterrado en el ajetreo de la ciudad. “Por ellos estamos aquí, gracias a los chavos que vienen seguimos abriendo, porque sino ya hubiéramos cerrado”, dijo Arturo Garrido, el dueño desde hace seis años, un señor que ama al pulque y cree en su magia.

Él revivió a La Duelistas, le inyectó ese espíritu fresco y cultural que la caracteriza. No es la clásica pulcata decadente en extinción. Sus paredes son murales donde íconos prehispánicos invitan al viaje cósmico. También es galería. Esta Pulquería, en realidad, tiene 90 años, pero cuando la adquirió el señor Garrido estaba en condiciones deplorables. Luego de una remodelación abrió de nuevo sus puertas. Según nuestro anfitrión fue la primera pulquería que acogió a chavos y después este concepto se extendió a otras. Además, tiene twitter, desde su celular Arturo anuncia los eventos, los curados del día, presentaciones de libros y conciertos.

De sus especialidades están los curados de Tamarindo, Nuez, Piñón, Yerbabuena, Mandarina, Melón; los que no podían faltar, Guayaba, Apio, Avena. Se antojan con unos frijolitos de la olla, chicharrón en chile verde o simplemente con una buena compañía.





Una postal en el perímetro B

29 10 2009

La calle inspira. Caminar en la Ciudad Monstruo es entrar en suspenso permanente. La sorpresa nos espera en cada esquina. Nos podemos encontrar postales como ésta en donde una historia te invita a delirar. Es en López, en el perímetro B. Junto, hay un edificio viejo que quizá no resista un temblor fuerte. Con todo y el riesgo de venirse abajo, no está deshabitado. Desde hace varios años vive una comunidad de chiapanechos que produce artesanía y además la venden en ese lugar.

Es un grupo que se ha adaptado a la ciudad, aunque más bien ha sido devorado por ella. A sus integrantes es común verlos por el centro con sus trajes típicos, hablando una lengua que no es el español, distinguiéndose de los capitalinos y haciéndose más extraños que los extranjeros. A la calle la han tomado y convertido en su bosque. Se pierden en los árboles enfermos y desaparecen en el smog.





El mural de Rodríguez Lozano

26 10 2009

mural

Isabel la Católica número 30, centro histórico de la ciudad de México

Sí, estoy de acuerdo con lo que dice Sherlock Holmes sobre la mejor manera de esconder las cosas y que nadie las descubra es ponerlas a la  vista de todos. El investigador  más famoso de todos los tiempos tendría el 80% de certeza en el caso del mural de Manuel Rodríguez Lozano que se encuentra en la vieja casona de Isabel La Católica ya que a pesar de estar en una de las calles más transitadas de la delegación 17 está semiescondido y por eso para muchos su existencia es un rumor mudo que juega al autismo con el agrietado tiempo que vive en el palacio de los condes de Miravalle. El naranjo del patio y las joyerías custodiadas por guardias de traje podrían ahuyentar a los visitantes más tímidos, pero si se logra superar esta primera “barrera”  se accede a una cafetería que sirve bebidas calientes de buen grano y a la sombra de un árbol que por estas fechas funge de testigo mudo de besos y conversaciones ultralocales. Las escaleras amplías de la parte trasera del inmueble presumen una herrería del  siglo XVIII, fragmentos de carruajes, una saqueada cantina que alguna vez fue el mejor lugar para los tequilas y el baile pegado, al menos eso dice en voz baja el gramófono bien conservado que recibe a los curiosos. Es cierto que la ciudad son toneladas de cemento y hierro y que para escapar de sus espacios basura hay que huir de sus estómagos, pero si ustedes suben al primer piso hallarán un jardín “flotante” que les quitará, por un momento, las ansías, malditas ansías de monotonía y de paso podrán percibir el mural de uno de los mejores pintores mexicanos del siglo XX.





desnudas en el corazón del monstruo

17 10 2009

Instalaciones involuntarias que en otros países estarían valuadas en miles de dólares por tratarse de “una pieza de arte contemporáneo” o “conceptual”, en la ciudad las encuentras en cada esquina.





La Peninsular, la cantina más vieja del DF

13 10 2009

lapeninsular
lapeninsular2

Traía seca la boca, la sentía demasiado pastosa. La sed era insoportable y quemaba mi cordura. Veníamos de La Merced y habíamos caminado como tres horas. Todavía la luz alcanzaba a iluminar el día. Mis pies podían soportar más el andar, pero ya no aguantaba la sed; comenzaba a fastidiarme. Entramos al primer cuadro por corregidora hacia el Zócalo y en la esquina de Alhondiga un oasis nos esperaba. Era La Peninsular, la cantina que se convirtió en la más vieja de México, luego de que la UNAM cerrara El Nivel, en pleno corazón del Centro Histórico, en Moneda 2. Entramos de inmediato como si nos jalara una fuerza.

Desde hace tiempo tenía ganar de conocer esta cantina y no fue mejor momento que ese.

Ordenamos dos cervezas negra modelo. Frías y espumosas, nuestra salvación llegó. Mi temperatura se templó, fue como si no hubiera bebido agua en días. El mesero se percató de nuestra sed. Se acercó y nos preguntó si queríamos alubias. No gracias. Sólo queríamos beber.
Era un día entre semana. Había poca gente. A la derecha de nosotros estaban dos señores, que después nos enteramos eran un par de agentes policiacos. Enfrente una familia. Y a la izquierda no recuerdo.

Tenía tanta curiosidad de  saber la historia de la cantina que se dio cuenta de mi ansiedad. “¿Está bien señorita, le ofrezco algo?”. En realidad le quiero preguntar de los dueños, le dije dando un trago a mi cerveza. Nos contó que el dueño ya está muy viejo, es español y su padre fue quien le heredó a La Peninsular. Y de vez en cuando se aparece el nieto. Y luego nos confesó que es un lugar muy familiar, pues van como dos generaciones que trabajan ahí. Por ejemplo, “yo tengo 30 años viniendo; mi papá me traía desde que era niño, ahí andaba yo corriendo y luego me convertí en el mandadero”. Su padre trabajó con el dueño original, un hispano a quien le había hipnotizado el esplendor de la ciudad de México y en el año de 1872 sacó el permiso oficial, meses después que El Nivel, por lo que la convertía en la segunda cantina en registrarse.

Otras igual, por favor, Martín. La música rasposa de un dúo se esparcía como los últimos rayos de sol. Hace como tres años, nos relató, por la puerta entró un señor “ya grande, quizá como pegándole a los 80, se sentó por allá” y señaló hacia un rincón. Estuvo un par de horas, se tomó varias cervezas y comió la botana que acompaña a la bebida. Al final, antes de pedir la cuenta, ya con aliento alcohólico, “me dijo que tenía mucho que no venía a este lugar, que le traía recuerdos de su infancia. Y es que él acompañaba a su padre, se quedaba en la entrada”. Entonces, el papá de Martín, quien a su vez trabajaba para el papá del dueño, le llevaba los tragos al progenitor de este.

Qué enredo, Martín, la de estribor, hay por ai.