Archive for the ‘ extractos de la memoria ’ Category

Dad Punk – Microhistorias del Metro II

“Papá cuanto falta para llegar a la luna”, “cuatro estaciones”, contesta un hombre a su hijo, quien ya estaba desesperado por llegar a su destino, Tasqueña.

La gente los miraba desde que esperaban en el andén. Los tres agarrados de la mano. A simple vista parece una familia inusual. Él luce unos picos en la cabeza y porta un collar de tornillos. Ojos pintados y piercings en el rostro. De los niños, él más grande ya se le ve su “moicana”.

Al llegar el tren se ve una multitud adentro de los vagones, domingo a medio día. El papá levanta al niño más chico y lo carga, al otro le dice “agárrete bien de mi pantalón”.

Se abren las puertas y entramos a contracorriente. Como puede se postra en un rincón, y busca la comodidad de sus niños, que no dejaban de jugar y moverse. Mientras el pequeño mordía los tornillos del collar de su papá, una señora se levantó y les ofreció un lugar, pero el hombre le agradeció su atención.

Tenía la mirada lejana, y sólo se iluminaba cuando los veía. Llegamos a la luna, las puertas se abren y la familia se pierde en los reflejos de los pasillos que pronto se atascan de historias anónimas.

Miradas con ritmo organillero

"los organilleros"

Te resistes a desaparecer en una selva que casi te olvida. Para millones eres invisible, aunque tu música retumba en las calles y plazas de esta gran ciudad.

A propósito del Bicentenario

 

Pasar por la Catedral metropolitana a medio día resulta un martirio para quien lleva prisa, hay demasiadas personas, unas caminando, otras tomando fotos, otras vendiendo. Sin embargo, uno se puede robar un segundo, un instante para notar que hay una joven tejedora. No es sólo alguien que pide dinero como los otros. Es una mujer sobreviviente de la explosión en San Juan Ixhuatepec, el 19 de noviembre de 1984, mejor conocida como la “tragedia de San Juanico”. Desde hace tiempo teje bufandas, pulseras, blusas, y las vende, seguramente, para su manutención. Llama a la curiosidad de los caminantes su destreza con las prótesis que tiene como brazos. Es una mujer fuerte al sentarse en uno de los lugares más concurridos del centro, en frente de la Catedral y exponerse a las miradas incisivas o indiferentes de los turistas y mexicanos. No esconde sus quemaduras ni su discapacidad, se muestra indefensa y olvidada por gigantes que en otras partes del mundo la ayudarían.

Ambulantes

La pobreza es una anomalía, pero no hay de otra para personas con discapacidades
físicas, que aun así salen a trabajar y deben “luchar” contra fotógrafos
que andan al acecho en la calle Moneda.

La Peninsular, la cantina más vieja del DF

lapeninsular
lapeninsular2

Traía seca la boca, la sentía demasiado pastosa. La sed era insoportable y quemaba mi cordura. Veníamos de La Merced y habíamos caminado como tres horas. Todavía la luz alcanzaba a iluminar el día. Mis pies podían soportar más el andar, pero ya no aguantaba la sed; comenzaba a fastidiarme. Entramos al primer cuadro por corregidora hacia el Zócalo y en la esquina de Alhondiga un oasis nos esperaba. Era La Peninsular, la cantina que se convirtió en la más vieja de México, luego de que la UNAM cerrara El Nivel, en pleno corazón del Centro Histórico, en Moneda 2. Entramos de inmediato como si nos jalara una fuerza.

Desde hace tiempo tenía ganar de conocer esta cantina y no fue mejor momento que ese.

Ordenamos dos cervezas negra modelo. Frías y espumosas, nuestra salvación llegó. Mi temperatura se templó, fue como si no hubiera bebido agua en días. El mesero se percató de nuestra sed. Se acercó y nos preguntó si queríamos alubias. No gracias. Sólo queríamos beber.
Era un día entre semana. Había poca gente. A la derecha de nosotros estaban dos señores, que después nos enteramos eran un par de agentes policiacos. Enfrente una familia. Y a la izquierda no recuerdo.

Tenía tanta curiosidad de  saber la historia de la cantina que se dio cuenta de mi ansiedad. “¿Está bien señorita, le ofrezco algo?”. En realidad le quiero preguntar de los dueños, le dije dando un trago a mi cerveza. Nos contó que el dueño ya está muy viejo, es español y su padre fue quien le heredó a La Peninsular. Y de vez en cuando se aparece el nieto. Y luego nos confesó que es un lugar muy familiar, pues van como dos generaciones que trabajan ahí. Por ejemplo, “yo tengo 30 años viniendo; mi papá me traía desde que era niño, ahí andaba yo corriendo y luego me convertí en el mandadero”. Su padre trabajó con el dueño original, un hispano a quien le había hipnotizado el esplendor de la ciudad de México y en el año de 1872 sacó el permiso oficial, meses después que El Nivel, por lo que la convertía en la segunda cantina en registrarse.

Otras igual, por favor, Martín. La música rasposa de un dúo se esparcía como los últimos rayos de sol. Hace como tres años, nos relató, por la puerta entró un señor “ya grande, quizá como pegándole a los 80, se sentó por allá” y señaló hacia un rincón. Estuvo un par de horas, se tomó varias cervezas y comió la botana que acompaña a la bebida. Al final, antes de pedir la cuenta, ya con aliento alcohólico, “me dijo que tenía mucho que no venía a este lugar, que le traía recuerdos de su infancia. Y es que él acompañaba a su padre, se quedaba en la entrada”. Entonces, el papá de Martín, quien a su vez trabajaba para el papá del dueño, le llevaba los tragos al progenitor de este.

Qué enredo, Martín, la de estribor, hay por ai.

corre

fantasma

Mejor corre por esta ciudad roja que enmudece en cada amanecer. La noche te abraza y sumerge en sus fauces de bestia. Te apuñala si la desobedeces, te premia si la recuerdas. Mejor corre antes de que trague hasta tu último suspiro.

olvido

vecindadLas ruinas se caen a pedazos enterrando la memoria de un bastión arquitectónico: las vecindades en el Centro Histórico.

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